ADELINA BAUM

Microcuento de ciencia ficción

Alexandra De Castro

Ilustración de Ada Peña.

¿Cuántas veces nos habíamos encontrado en ese bar? necesitábamos cerrar el negocio entes de la vuelta de Matías a Europa. Estas transacciones no pueden dilatarse. La estancia en la base nos estaba resultando muy costosa, sobre todo por la cantidad de comida que teníamos que imprimir para los humanos.     

La culpa era de Adelina Baum, ella había sido la peor representante de la corporación Osiris. Qué mujer tan terca. Y no era que no tuviésemos a quién más vender los genes, yo le había prometido a Matías que haríamos negocio con ellos. 

En la segunda conversación, Adelina se mostró muy receptiva de leer los documentos que había enviado el abogado, pero no terminaba de firmarlos. Desviaba la mirada. Un día era una cosa, otro día otra. Recuerdo cuando se quedó observando el retrato de San Jorge que colgaba detrás de la barra. Entonces, interrumpió nuestra negociación para informarme sobre la visita de un patriarca a la base de Titán y que por eso tenían que ahorrar. Ayer comenzó a discutir el asunto de los infiltrados y la advertencia de sus colegas sobre la fama de problemas de espionaje en Europa. Ella cree que no reconozco el patrón del regateo sofisticado. 

Evidentemente, yo no podía interrumpirla, mi deber como negociador era prestar atención. Cada vez que llegaba con ese porte y esos ojos… no podía negarle una rebaja. Me divertía su espíritu, verla hacer tanto esfuerzo. Yo habría finiquitado en el primer encuentro, si no fuera porque quería escucharla, verla entrar una y otra vez en el bar. Estoy seguro de que Matías, si la conociera, me perdonaría. 

La tercera vez que hablamos, nos pidió un certificado que especificara los marcadores isotópicos. Según los científicos que la asesoraron, con eso ya se sabía el planeta de procedencia de los genes. «Tengo que asegurar líneas evolutivas de origen extraterrestre, que sean locales, de Europa», me dijo… con esa mirada y ese acento inteligente…  No le bastaba con el sello en la caja que decía claramente «Región Tara, Europa». Es tan obstinada… Yo no sé nada de eso, y claro, nos costó una fortuna modificar el documento para complacerla. En un segundo perdimos millones. 

Cada vez que Adelina movía las manos, todos perdíamos la concentración, y no eran cosas mías. En el bar los clientes, el barman, los humanos, hasta mis colegas Leonor y Héctor botaban la baba. La sobremesa siempre venía con el análisis sobre su belleza. Héctor, con frecuencia, estaba de acuerdo conmigo; con Leonor diferíamos un poco. Por supuesto, ella se daba cuenta de la ruina que Adelina nos estaba propinando. Yo para parecer inteligente, citaba a Pitágoras, «ella es como el círculo: perfecta», Leonor sonreía y respondía, exacto, como el círculo, así de aburrida. Héctor miraba al techo y decía, «en círculos va el negocio».  

Justo antes de la última reunión se agravaron mis enfermedades genéticas. Ya todos en el bar se daban cuenta de que debía llegar a una solución. Esta comedia interminable ponía en peligro mi salud, Leonor y Héctor eran testigos. Tuve que usar el veneno para salvar el negocio y a mi mismo, Matías me echaría del Calysto si no terminaba de vender. No cabía duda de que Adelina era un estorbo para todos. Su asistente ni se afligió por su muerte, tomó los genes y se marchó. El negocio quedó cerrado.          

 

        

De la serie: Panspermia

 

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1 Comentario

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Adelina Baum – Brownianaresponder
24/05/2020 en 8:39 pm

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