CAMILA

MICROCUENTO DE CIENCIA FICCIÓN

Alexandra De Castro

Ilustración de Ada Peña.

La presentación del técnico de salud genética hace la asamblea interminable. Camila se quita los lentes, golpea la mesa con sus dedos, suave pero nerviosa. Se mira el vestido y se pregunta si no le queda ahora demasiado grande. Le inquietan los constantes dolores de cabeza, ya ha agotado todas las excusas. Está convencida de que algo no está bien. Se vuelve a poner los lentes. Interrumpe un mensaje, tiene una carta por valija diplomática de su padre. Necesitará los códigos de Zenitar para abrirla. «Ahora tengo que pagar por el código para recibir el mensaje «.

Vuelve a pensar en su propia salud. La comunicación interplanetaria, salvo por sistemas especiales, sigue fuera de servicio, así que le es imposible hablar con un verdadero médico. Además, no tiene cómo justificar la consulta externa pues Zenitar tiene su propio robot de salud, quien sigue diciéndole que ella no tiene nada importante.

Mira el mensaje otra vez. «¿Y si mi padre quiere que vuelva?, ¿y si está enfermo?», ella no puede pagar un viaje en primera clase y en segunda clase tarda meses hasta la Tierra. Ahora tiene miedo de abrir la carta. Vuelve a mirarse el vestido. Piensa que al terminar la asamblea buscará en los documentos médicos información sobre sus síntomas. Piensa que el técnico de salud genética no le sirve, él solo maneja estadísticas y ella cree que con eso no basta para hacer un diagnóstico individual.

Terminada la reunión, deja el salón de conferencias con paso apurado. Quiere llegar pronto a su oficina. Quiere poner su vida en orden. No escuchó la charla completa, no esperó a que el resto de sus compañeros se levantaran de la mesa. Se siente culpable.

El piso del pasillo cruje bajo sus pies. Entre las pantallas hay copias de obras de Duchamp. Camila piensa en el gusto de los decoradores. Esas esculturas no hacen a los pasillos más amables, le producen estrés.

Entra en su oficina, decide que quiere revisar primero la colección de revistas científicas. Es una fortuna que la biblioteca de Zenitar todavía funcione. Aunque solo disponga del catálogo local, es un catálogo lo bastante robusto. Se ajusta los lentes suavemente. Investiga la sección de enfermedades en neosapiens, es más rica que la de humanos. Sonríe. Se siente afortunada. La tranquilidad que experimenta no le dura mucho. No entiende bien el lenguaje médico. Su fracaso al estudiar los síntomas le hace pensar en la inutilidad del robot de salud, quien se ha negado a hacerle más exámenes.

Camila recuerda que Sebastián le había pedido unas referencias. Sebastián, como pasante, no tiene acceso a la biblioteca de la compañía. Los artículos no son para él, los pide para facilitarlos a Eloísa, la otra estudiante alojada en el órbiter de Zenitar. Camila mira las referencias pacientemente antes de descargarlas y enviarlas a Sebastián. Las lee con curiosidad: «Sobre la teoría de los linajes divergentes: simulaciones sobre la evolución de los planetas de origen de los diferentes ancestros evolutivos de las especies de la Tierra». Le parece un tema tan interesante que por unos segundos olvida sus problemas. Mira otra referencia: «Bacterias encontradas en el planeta Próxima b, posibles precursoras evolutivas de las bacterias no intestinales del cerebro en humanos».

Copia los archivos para Sebastián y vuelve a su interés original. Además del lenguaje difícil, el catálogo de enfermedades genéticas de los neosapienses es demasiado grande, sus síntomas no la ayudan. De acuerdo con el catálogo pueden estar asociados a muchos desórdenes, secuelas de la evolución asistida. Tal vez sería mejor emprender un viaje de regreso a su casa en la Tierra y que la vea un verdadero médico. Vuelve a pensar en su padre. Vuelve a sentirse culpable. Decide pedir un préstamo a Zenitar para viajar en primera clase. Así encuentra una excusa para ver a sus hijos y traerlos a Titán, ahora que abrieron la escuela.

En lugar de pedir el préstamo por vínculo virtual, decide que enfrentar cara a cara al jefe de finanzas, le va a resultar mejor negocio. Piensa ir mañana temprano a la base de oficinas administrativas. Ahora tiene mucho sueño y quiere volver a su casa.

Antes de levantarse escucha un chasquido. Viene del techo: se resquebraja. Ella piensa en el enorme presupuesto invertido en el mantenimiento y entrenamiento de los obreros, mientras las instalaciones del edificio no están bien acondicionadas. «Un día se va a partir en dos. ¿Por qué abandonaron el desarrollo de los nuevos materiales? Ahora todo es biología»

Se quita los lentes, se levanta despacio. Se siente muy pesada, llega a su casa. El sueño la vence muy pronto.

Después de tomar el lanzamiento de último minuto de primera clase, Camila recuerda que no avisó a sus empleados y pasantes sobre su viaje. Durante el vuelo no experimenta ningún ruido o vibraciones. Piensa en la comodidad y suavidad de la primera clase. Se ve sola, «qué raro, ya nadie tiene cómo pagar estos viajes». Durante el vuelo comienza a sentirse recuperada. Siente que subió de peso, que los colores le han vuelto a su piel natural y a su cabello. Mira a la pantalla que muestra el programa de vuelo. Dice que van directo a la zona interestelar. Claramente no van hacia la Tierra, se alejan del sistema solar. El pánico la invade. Un enfermero se le acerca:

-Doctora, ¿se siente mejor?

Se mira en el reflejo de la ventana.

-No. Es decir, no sé responder a esa pregunta. No sé qué hago aquí, yo no reservé…

Mira a su alrededor, de pronto, se da cuenta de que está acostada en una habitación muy cómoda y amplia.

-Doctora, está en la sala de recuperaciones de la compañía, tenía tres días sin salir de su oficina, el robot de salud ha informado que usted ha tenido alucinaciones, además no ha comido con regularidad y tiene bajas de tensión. Sebastián nos avisó.

-¿Y el viaje, y mi padre…?

-Ah la carta. Disculpe, la abrimos por razones de seguridad médica. Usted se negaba a abrirla y seguridad la tuvo que abrir. Su padre está en camino, quiere venir por su cumpleaños, eso dice la carta.

 

De la serie Panspermia.

 

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