CIENCIA, UNA AVENTURA AL MUNDO INTROSPECTIVO

Santiago Vargas

 

La curiosidad y el afán de resolver dilemas constituyen el sello distintivo de nuestra especie

Carl Sagan

 Ilustración: Ada Peña. Ilustración: Ada Peña.

¿Qué nos hace diferentes a los humanos? ¿Es la ciencia nuestra principal fuente de conocimiento? ¿Han alterado los avances científicos el proceso de selección natural de los humanos? ¿Qué es la ciencia en la actualidad y qué significa para la sociedad y para la civilización? ¿Cuál es su impacto? ¿Por qué los trabajos de Galilei, Faraday y Einstein supusieron un punto de inflexión para el desarrollo de la humanidad?

En el largo camino de evolución de nuestra especie, hemos ido desarrollando un conjunto de saberes que poco a poco nos han llevado a conocer el mundo que nos rodea, el entorno cósmico, y aspectos fundamentales de nuestra propia esencia.

En la denominación de la especie, Homo sapiens, asignada por Carl von Linné (en español conocido como Carlos Linneo; uno de los más famosos naturalistas y considerado padre de la taxonomía moderna y la ecología) en el siglo XVIII, brilla la importancia del saber, como un rasgo biológico preponderante para el surgimiento de características inherentes a los seres humanos. Dentro de nuestras particularidades esenciales se destacan el desarrollo de un lenguaje sofisticado, capacidades de razonamiento abstracto, lógica de pensamiento, altos niveles de aprendizaje e inventiva, e incluso la voluntad, elementos que nos han llevado a establecer una intrincada estructura social.

La ciencia se define en gran medida a partir de la compilación de ese conjunto de saberes que la colocan hoy por hoy como nuestra principal fuente de conocimiento. En particular, las ciencias nos han permitido comprender la naturaleza y resolver un sin número de inquietudes a partir de un método, que es la base del surgimiento de varias disciplinas como la biología, la geología y muchas otras. Pero por otro lado, han cambiado el modus vivendi de miles de millones de personas a lo largo y ancho del planeta.

Para poner un caso que me toca de cerca como astrofísico, el estudio del firmamento ha sido pieza clave de grandes revoluciones en el pensamiento y la vida del ser humano. Todos aquellos que disfrutan tomando fotografías con la cámara de su celular o participan en una videoconferencia, esparcen la semilla de los dispositivos que captan las partículas de luz (fotones) y que tuvieron su impulso a través de la astronomía para lograr imágenes digitales de objetos astronómicos vistos a través de sofisticados telescopios desde la década de 1980. El telescopio espacial Hubble fue uno de los primeros en incorporar esta tecnología que reemplazó la fotografía análoga – y es que esa era, evidentemente, la mejor forma de que cumpliera su misión sin tener que preocuparse por hacer un viaje de 500 kilómetros de altura hacia el espacio para cambiar el rollo fotográfico y revelarlo.

 Imagen de la Nebulosa Carina a 7500 años luz de distancia, tomada por el telescopio espacial Hubble.
Imagen de la Nebulosa Carina a 7500 años luz de distancia, tomada por el telescopio espacial Hubble.
 Carl Sagan, famoso científico y divulgador, reconocido por llevar la ciencia a diversos rincones de la sociedad a través de sus libros, y la popular serie de televisión de los años ochenta titulada  «Cosmos».  Foto: Michael Okoniewski, 1994.
Carl Sagan, famoso científico y divulgador, reconocido por llevar la ciencia a diversos rincones de la sociedad a través de sus libros, y la popular serie de televisión de los años ochenta titulada «Cosmos». Foto: Michael Okoniewski, 1994.

Volviendo a las principales motivaciones de la ciencia, una clarísima, y que muestra el porqué se erige como una de las actividades humanas con mayor incidencia sobre múltiples acciones en nuestra vida diaria – una compañera inseparable – fue plasmada por el destacado científico Carl Sagan en una elocuente frase de Los dragones del Edén. En el que probablemente sea uno de sus más exitosos libros de divulgación científica, después de Cosmos: un viaje personal, Sagan enuncia: «la curiosidad y el afán de resolver dilemas constituyen el sello distintivo de nuestra especie», un sello que sin duda nos acompañará para siempre en nuestra andadura por el planeta, y en los otros lugares del universo donde nuestros futuros descendientes puedan establecerse, si es que logramos sobrevivir.

Nuestro genoma tan sólo dista entre 1% y 2% de parientes cercanos como el chimpancé o el gorila, pero el conocimiento científico, que en gran parte surge de una necesidad de curiosear, y de hacernos preguntas y responderlas, es irrefutablemente una diferencia que nos ha catapultado a conseguir hitos como la conquista del espacio, poner seres humanos en la Luna e indagar sobre la posibilidad de vida en planetas a decenas de años luz de nuestro hogar, pero también a conquistar la cima del Everest.

Algunos aseguran que los avances científicos han cambiado significativamente la evolución, alterando los procesos de selección natural, al hacer posible el control de enfermedades y la prolongación de la esperanza de vida. Pero tal vez sea justamente este el nuevo ingrediente que determina la forma de evolucionar se los seres humanos.

Hace 10.000 años nos comenzamos a asentar en lugares permanentes y esto desencadenó la revolución agrícola, uno de los mayores cambios en la vida del humano primitivo, con un aumento en las poblaciones pero igualmente de enfermedades por hacinamiento, y otros problemas asociados. Luego vendría la revolución industrial en donde el desarrollo tecnológico permitió mejorar las condiciones de vida y entender un poco mejor las enfermedades, pero el gran salto vino de la mano de los avances científicos en química, física y medicina, para luchar contra las epidemias más despiadadas. En los últimos cien años el promedio de esperanza de vida ha aumentado cuarenta años, y la ciencia ha sido la gran protagonista.

La ciencia misma ha evolucionado durante su largo trasegar, y si hay algo que la caracteriza por encima de todo es que no se basa en verdades absolutas. El conocimiento científico se construye paso a paso, a partir de ese intento por explicar y caracterizar el mundo que nos rodea, profundizando en el entendimiento de    diversos fenómenos, apoyándose en principios, pruebas de razonamiento, observación, mediciones, y más y más razonamiento.

 René Descartes, considerado padre de la geometría analítica y de la filosofía moderna. Retrato de Frans Hals, 1649-1700.
René Descartes, considerado padre de la geometría analítica y de la filosofía moderna. Retrato de Frans Hals, 1649-1700.

Las reglas del método científico «para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias» fueron definidas por primera vez en 1637 en el Discurso del Método, por René Descartes. De forma no tan enérgica – lo cual él mismo revela en el uso de la tímida palabra Discurso, y no Tratado –  Descartes usa la duda como base del método para llegar al conocimiento verdadero, y habla de la utilidad de la ciencia, pero se aleja de la controversia en sus teorías sobre la Tierra y el Universo, evitando posibles conflictos con la iglesia – seguramente prevenido por la experiencia de Galileo Galilei, quien fuera perseguido poco tiempo atrás por defender que la Tierra se movía alrededor del Sol (heliocentrismo), y revelar la imperfección de los cielos  – con ejemplos como la irregularidad de la superficie lunar y las manchas solares que observó con su telescopio.

Galileo es precisamente una de las principales figuras en uno de los períodos más fructíferos del pensamiento humano entre los siglos XV y XVI, el bien llamado Renacimiento. Su trabajo asentó nuestra visión de la naturaleza y muchos lo consideran el primer hombre moderno, al aplicar un riguroso método científico en toda su extensión – con una importantísima observación y experimentación -, abriendo la puerta a la gran revolución científica de los años y siglos posteriores. Uno de los pilares del método científico es cuestionar las verdades absolutas, y en eso Galileo fue un maestro, desafiando incluso el postulado de Aristóteles  – uno de las mentes más célebres de la antigüedad – según el cual los cuerpos más pesados caen más rápido y llegan al suelo primero que los livianos – una idea que había perdurado por más de un milenio. Como se suele decir «afirmaciones extraordinarias requieren siempre de evidencia extraordinaria».

Hoy entendemos que el avance de la ciencia surge de la construcción de conocimiento cimentado en modelos para interpretar la naturaleza del mundo físico, pero no debemos olvidar que está hecha por humanos.

Y es que la historia de la ciencia es, en múltiples casos, una aventura al mundo introspectivo de aquellos que, muchas veces de forma abnegada, trabajaron por satisfacer su curiosidad – esa que compartimos cuando niños y que con el tiempo vamos perdiendo.

 Portada del best-seller de Bill Bryson «Una breve historia de casi todo», publicado en 2003, donde el autor hace un recorrido por historias fascinantes de la ciencia.
Portada del best-seller de Bill Bryson «Una breve historia de casi todo», publicado en 2003, donde el autor hace un recorrido por historias fascinantes de la ciencia.

Hay un libro que recomiendo para los que quieran ahondar en las fantásticas historias que rodean el quehacer científico, de la mano de ilustres personajes que han dejado importantes huellas en nuestra civilización,  – esos descubridores de las leyes de la naturaleza. Se trata de la obra  “Una breve historia de casi todo”, en donde el el autor Bill Bryson escoge un título que puede parecer bastante pretencioso, usando  el gancho mediático de uno de los libros de divulgación científica más exitosa de todos los tiempo, el bestseller de Stephen Hawking titulado “Una breve historia del tiempo”. El libro cuenta magistralmente aspectos que van desde el Big Bang y los átomos, hasta el destacado papel de unas alverjas en el desarrollo de la genética, pasando por las más variopintas excentricidades de un buen número de científicos. Bryson, ya era conocido por escribir libros e historias de viajes, cuando decide abordar temáticas que para la mayoría pudieran parecer suficientemente aburridas como para una lectura de 500 páginas, tales como física, geología o química. Lo cierto es que Bryson consigue explicar de forma apasionante y hasta divertida, estas temáticas, mostrando la parte más humana de la ciencia y de sus protagonistas – que la adoptan como medio de vida – con el telón de fondo de «cómo pasamos de la nada a lo que somos ahora». Algo que se manifiesta elocuentemente en sus historias es el hecho de que, por lo general, la ciencia no produce  resultados inmediatos. La inmediatez no ha sido una característica preponderante en la ciencia. Sus efectos, por el contrario, se ven reflejados de manera lenta y pausada, pero cuando llegan son transformadores.

Hablando precisamente de transformadores – pero esta vez de los dispositivos eléctricos que permiten aumentar o disminuir el voltaje en un circuito eléctrico – el siguiente ejemplo me ayudará a ilustrar bastante bien a lo que me refiero en el párrafo anterior. A sus veinte años, y terminando su aprendizaje como encuadernador, un joven inglés de nombre Michael Faraday, comenzó a interesarse por conferencias ofrecidas por Humphry Davy, un afamado químico que pocos años más tarde sería el presidente de la Royal Society – posiblemente la más prestigiosa de las sociedades científicas. Un año más tarde, en 1813 y dado el interés que mostraba el chico, Davy lo contrata como secretario. Ese fue el comienzo de una brillante carrera científica a lo largo de sus 75 años de vida, destacándose los trabajos en el campo de la electricidad y el magnetismo. Su logro más relevante fue descubrir la inducción electromagnética: al mover un imán cerca de un alambre, se genera una corriente eléctrica en el alambre, el principio con el que hoy funcionan los transformadores, los motores y las centrales hidroeléctricas. Cuando daba a conocer su hallazgo en 1831, Faraday fue duramente criticado por llevar a cabo «absurdas» investigaciones. Faraday, sin embargo, ya preveía la importancia de su descubrimiento cuando a mediados del siglo XIX le dice enérgicamente al Ministro de Finanzas británico: «no sé qué aplicación tiene mi descubrimiento, pero sí sé una cosa, y es que un día usted cobrará impuestos por ello».

Faraday se convirtió en uno de los científicos más influyentes de la historia y del desarrollo industrial, teniendo en cuenta que los motores han movido al mundo, y la manipulación de la electricidad ha permitido el desarrollo de la infraestructura eléctrica actual.

Casos como el de Faraday son muy comunes. Secuelas del propio Einstein se encuentran hoy en nuestros bolsillos, y por partida doble. Su explicación del efecto fotoeléctrico por el cual recibió el Premio Nobel de Física en 1921, fue esencial para el desarrollo de las cámaras digitales que tienen nuestros celulares – y que, como vimos antes, también son indispensable para indagar sobre el universo. Y, por otro lado, la tecnología GPS, presente también en nuestros dispositivos móviles y que nos permite ubicarnos – o capturar un pokémon – funciona correctamente gracias a los principios que el mismo Einstein enunció en su Teoría de la Relatividad General en 1915.

La ciencia impregna cada rincón en la vida de las sociedades modernas. Teléfonos móviles, computadores, viajes y telecomunicaciones, pero también vacunas y antibióticos son fiel reflejo de ello. Vivimos en una época donde los alcances de la ciencia se multiplican más rápido que nunca, y la gran mayoría se basan en principios, leyes y teorías de los últimos tres siglos.

Sin embargo, sigue vigente la preocupación que reflejaba Sagan hace más de tres décadas en su frase  «crecemos en una sociedad basada en la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada de estos temas. Esta mezcla combustible de ignorancia y poder tarde o temprano, va a terminar explotando en nuestras caras».

Hay una necesidad imperante de divulgar la ciencia, y no solo por una simple cuestión de cultura general.  Por una parte se requieren más jóvenes motivados a ser científicos, que puedan aportar soluciones a problemas y necesidades de la sociedad en los cuales la ciencia, como pocas disciplinas, tiene un papel preponderante. Por otra parte, los ciudadanos deben tener la posibilidad de opinar sobre temas y debates de gran relevancia para la sociedad, entre los que se pueden mencionar el cambio climático, la manipulación genética, la energía nuclear, la tecnología satelital, entre muchos otros. Una sociedad que no tiene criterios para poder opinar y decidir, será fácilmente manipulada por diversos intereses particulares. Pero por si esto fuera poco, la ciencia es apasionante y una muestra  palpable de la capacidad del intelecto humano.

Universidades y academias, pero también medios de comunicación y entidades públicas deben compartir la responsabilidad de tener canales efectivos de comunicación de la ciencia para procurar que el conocimiento científico pueda permear todos los niveles de la sociedad. Nadie debe estar excluido de la posibilidad de aproximarse al conocimiento. El acceso al conocimiento debe ser un derecho para los habitantes de este planeta, y así lograr evitar que esa mezcla combustible, como mencionaba Sagan, tarde o temprano explote en nuestras caras.


Santiago Vargas es físico de la Universidad de los Andes (Colombia), MSc. y PhD en Astrofísica del Instituto de Astrofísica de Canaria – ULL (España). Con experiencia posdoctoral en el Dutch Open Telescope de la Universidad de Utrecht en Holanda,  el Mullard Space Science Laboratory de University College London en el Reino Unido, la Universidad de Los Andes en Colombia, y el Big Bear Solar Observatory en Estados Unidos. Actualmente es profesor y coordinador de investigación del Observatorio Astronómico Nacional y Jefe de Extensión y Transferencia de Conocimiento de la Universidad Nacional de Colombia. Colabora con el Laboratorio de Procesamiento de Imágenes de la Universidad de Valencia en España. También es asesor científico del Planetario de Bogotá, tiene una columna semanal de ciencia en el diario colombiano El Tiempo y un blog perteneciente a la Red Latinoamericana de Cultura Científica. Twitter: @astrosvd 

 

Conviértete en patrocinador de Revista Persea. Esto nos permitirá honrar a los autores como ellos lo merecen.

Comparte tus pensamientos