¿TENEMOS RESPONSABILIDAD DE VERIFICAR NUESTRAS CREENCIAS? ¿CUÁL ES EL DAÑO?

Jesús Pineda

Ilustración de Ada Peña.
Ilustración de Ada Peña.

Una pequeña secuencia de código genético ha entrado a un ser vivo. No es mucha información, comparativamente hablando, cerca del 0.032 % del número total de genes del organismo. Sin embargo el daño que comienza a generar esa pequeña secuencia invasiva no se hace esperar, una cadena de reacciones bioquímicas que amenazan el funcionamiento de los sistemas del ser vivo inician su curso siguiendo reglas implacables moldeadas por las leyes más básicas del universo. 

Millones de años de evolución han preparado al organismo para lo que viene: todos los sistemas reguladores e inmunes del organismo trabajan en conjunto para evaluar la magnitud de la amenaza, calibrar cuidadosamente la respuesta cotejando la información de sinnúmero de sistemas de retroalimentación orgánica y, habiendo pesado costos y beneficios de las acciones pertinentes, inician las acciones necesarias para recobrar el equilibrio homeostático del organismo. Todo esto dentro de las opciones permitidas por el medio externo al organismo, por sus capacidades intrínsecas y por aquellas originadas por las interacciones entre el ser vivo y otros organismos de su entorno. Si los sistemas funcionan adecuadamente, el ser vivo recobrará su salud y el ataque pasará a la memoria como una influenza más, de lo contrario el paciente morirá por una enfermedad que hoy en día mata a entre 250 y 650 mil personas .

Aunque pueda parecer una analogía un tanto trillada o dramática, dependiendo de la opinión que tenga el lector sobre la idea de los memes como análogos de los genes del mundo de las ideas, hoy en día las redes de comunicaciones mundiales cumplen para las ideas pseudocientíficas, timos, bulos y engaños la misma labor que los sistemas de transporte internacional han cumplido desde el siglo XIX en la propagación de las enfermedades. 

Sin embargo, en los últimos años hay una discusión importante en las sociedades modernas: si nos preciamos de los valores de autodeterminación y libertad ideológica de las sociedades democráticas ¿Es acaso deseable el atacar ideas que consideremos peligrosas? ¿La libertad de expresión y de creencia no deben preceder a la verdad o falsedad de una idea? ¿Acaso tenemos como individuos el deber de asegurarnos de que nuestras creencias se acerquen tanto a la verdad como nos sea posible? Los resultados de estas preguntas no son triviales, desde epidemias generadas por personas que niegan la efectividad y seguridad de las vacunas pasando por el negacionismo del cambio climático hasta el resurgimiento del populismo mundial en un mundo de “fake news”, la respuesta equivocada puede costarnos mucho dinero o incluso la vida y el fin de la civilización como la conocemos.

Nuestras sociedades democráticas, con su larga lista de defectos y problemas, se comportan de manera similar a un organismo; informalmente hablamos de “sociedades enfermas” o de “males sociales” y existen muchas ramas de la sociología, antropología y demás ciencias sociales dedicadas a explorar las sociedades en términos orgánicos cuyas propiedades emergentes vienen de las complejas interacciones de los individuos que las conforman. Así, cada uno de nosotros como individuos de una sociedad tenemos algo de carga de responsabilidad en la proliferación de ideas verdaderas de igual manera que cada célula un cuerpo intenta contribuir al bienestar del organismo. Cuando las células fallan en esta labor ocurren problemas, desde un catarro hasta un cáncer mortal, cuando los individuos fallamos en la labor de profilaxis intelectual aparecen fenómenos como la xenofobia, el racismo y demás males sociales que pueden acabar con una comunidad, nación o sociedad.

Tenemos entonces, como miembros de una sociedad interconectada una especie de responsabilidad epistémica: nuestra pertenencia en una sociedad nos provee de incontables beneficios, pero también exige de nosotros, entre muchas otras, la responsabilidad de la preservación de la salud intelectual de este organismo social. Es por esto que es de vital importancia que cada uno de nosotros tome como tarea importante asegurarse de la veracidad de las ideas que conforman nuestras creencias. 

La protección del nihilismo y el egoísmo en un mundo complejo y multiconexo como el actual no es solamente una protección ilusoria, sino también inmoral. No somos completamente independientes, somos herederos del código memético de nuestras sociedades de la misma manera que lo somos del código genético de nuestra especie. 

La ex-primera ministra inglesa Margaret Thatcher se equivocaba cuando afirmaba que «no existe tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales…». Esa pretendida independencia es igual de ahogante y aprisionante como el control mental de la sociedad más totalitaria porque reniega de la civilización y todos sus logros al igual que constriñe fuertemente la capacidad de cada uno de sus individuos. Inspirándonos en  la famosa frase de Carl Sagan en Cosmos: si deseas crear un smartphone de la nada, primero debes inventar la civilización.

Si dudan de lo anterior, pueden intentar el personalísimo experimento de vivir genuinamente solo, aislado de la interacción con otros humanos, renegando de las presiones y responsabilidades de la sociedad; obligándose a reaprender milenios de conocimiento común y reconstruir, con la fuerza de su temple e inteligencia individual, la civilización. Rápidamente la supervivencia en semejantes condiciones se hace no sólo imposible sino indeseable. Así entonces, por disfrutar los beneficios que son nuestro derecho por pertenecer a la sociedad humana debemos asumir la responsabilidad epistémica de verificar la veracidad de nuestras creencias. Mantenerse ignorante cuando se tienen todas las herramientas y la capacidad para estar informado es no solamente es egoísta, es autodestructivo. 

Dejando atrás el egoísmo ingenuo y el nihilismo infantil, el lector habrá dado con otra objeción obvia ante nuestra afirmación de la responsabilidad que cada uno de nosotros tiene de sobre la veracidad de nuestras ideas. Los seres humanos somos animales de limitado alcance, poder e inteligencia, nos enfrentamos a diario a limitaciones en nuestra capacidad de revisar la evidencia de todo nuevo argumento (de recursos, tiempo, capacidad mental, capacidad emocional, acceso por razones sociales, económicas, políticas, etc.) así que sin importar cuanto lo deseemos nos es completamente imposible estar perfectamente informados acerca de todos los temas posibles. Exigir semejante perfección es ingenuo, injusto y psicológicamente perverso. Nadie puede preocuparse por todo y por todos todo el tiempo, y corremos el riesgo de que la presión para hacerlo nos lleve a la impostura de pretenderlo sólo por el respeto y estatus que puede venir de aparentar conocimiento y preocupación genuinas. Esto es lo que hace que muchas personas afecten la pretensión de conocimiento o de preocupación, un fenómeno que, aunque ha sido criticado recientemente en el contexto de las redes sociales (e.g. con los términos “virtue signaling”, “wokeness” o “slacktivism”) no es para nada nuevo. Es lugar común el chiste de la persona ignorante que arrogantemente se pavonea de su “conocimiento” usando incorrectamente terminología compleja usando su confianza como un escudo contra la crítica.

El personaje de Polonio, en Hamlet, es un ejemplo clásico de un seudointelectual que tiene un final trágico por apostarle a sus malos consejos.

Entonces tenemos limitaciones físicas, mentales, intelectuales, económicas, políticas y morales para poder evaluar la evidencia de cada argumento o idea que encontremos en nuestro quehacer diario ¿cómo podemos entonces cumplir con la labor que enunciamos al principio? ¿Están acaso las sociedades condenadas a llegar al punto del colapso cuando un número determinado de sus individuos se desconectan de la realidad voluntariamente o por desconocimiento? ¿Existe alguna manera en que podamos cumplir con nuestra responsabilidad moral como miembros de una sociedad?

Irónicamente lo que causó el problema original viene a nuestro rescate: el inicio del conflicto viene del peso de nuestra responsabilidad como miembros de una sociedad. Una respuesta se antoja obvia: la completa y absoluta individualización, es decir, que cada uno de nosotros se segregue de la sociedad y comience intelectualmente desde cero. Sin embargo, hemos visto cómo este camino no solamente es indeseable sino que va en contra de la evolución de la especie y de la supervivencia individual. Queda entonces un camino adicional: el camino de la llamada interdependencia epistémica.

El concepto de interdependencia epistémica no es complicado a pesar de sonar como uno de esos soporíferos temas de infinitas charlas de filosofía: consiste simplemente en confrontar nuestras limitaciones como individuos en la búsqueda de conocimiento de la naturaleza y en aceptar que, dadas esas limitaciones, el conocimiento no es algo que podamos alcanzar individualmente con suficiente tiempo, recursos y tesón, sino que requiere de la fricción que viene de comparar nuestras creencias con las observaciones y conclusiones de otros miembros de la sociedad, más todavía, requiere que confiemos en nuestros colegas para alcanzar dicho conocimiento.

Puede que suene alarmante para aquellos más inclinados a ideas libertarias o para quienes ponen un valor alto en su individualidad, pero es precisamente así como funciona el conocimiento científico ¿No es acaso esto mismo lo que llamamos “revisión de pares”? El proceso en que un científico expone sus ideas ante sus colegas en buena lid y estos revisan sus resultados para saber si las conclusiones que se afirman son válidas. Esta confianza también se hace manifiesta cuando un científico cita a otro; nadie tiene el tiempo ni los recursos para reproducir completamente todos los experimentos y cálculos que se citan en la larga lista de publicaciones científicas que se producen a diario. Ninguno de nosotros reconstruye la historia completa del conocimiento científico humano cuando desea hacer una taza de café.

Vemos entonces que la interdependencia epistémica yace en el corazón de lo que llamamos ciencia, lo que puede llevar a un lector aún escéptico a preguntarse lo siguiente: Si el conocimiento surge de la interacción de una comunidad, qué garantiza que los miembros de esa comunidad tengan idea de lo que están hablando ¿No estamos acaso poniendo en igualdad de posición a la comunidad médica mundial con los antivacunas o a la comunidad de la ciencia climatológica con quienes niegan el cambio climático antropogénico o, si se desea un ejemplo más contundente, a la comunidad astronómica y astrofísica mundial con los terraplanistas?

La respuesta es sutil y ha sido malinterpretada contínuamente por cantidades preocupantes y cada vez mayores de personas en el mundo. Cuando deseamos distinguir entre dos comunidades que defienden ideas en oposición es importante saber navegar las peligrosas aguas del argumento a la autoridad. El argumento a la autoridad es un error de pensamiento (falacia lógica informal para aquellos más amigos de la terminología lógica) que ocurre cuando aceptamos una propuesta como cierta simplemente por la posición social de la persona que la defiende, esto es, suponemos que porque quien afirma algo está en una posición de prestigio intelectual, social o económico lo afirmado es automáticamente cierto. Sin embargo, la sencillez de la definición esconde mucha sutilezas que debemos explorar.

Jordan Peterson.
El sicólogo jungiano Jordan Peterson, es un excelente ejemplo de un especialista que constantemente emplea sus credenciales para dar su opinión acerca de temas históricos, sociales y políticos sobre los que tiene poco conocimiento o experiencia.

El fácil e inmediato acceso a la información que ha permitido la internet nos ha abierto la puerta a sinnúmero de ideas nuevas y a las comunidades que las abrazan, pero no ha sido muy buena para transmitir la sutileza intelectual requerida para hacer la distinción entre una autoridad válida y otra inválida. Una autoridad es válida cuando tiene conocimiento y experiencia sobre el tema en el que brinda su opinión y, a medida que nos alejamos del área de conocimiento del experto deja de ser una autoridad válida para convertirse en una inválida. Por ejemplo, cuando vamos con el médico y le pedimos un diagnóstico estamos aceptando la autoridad del galeno porque su experiencia y conocimiento son pertinentes al área de la salud, pero si le pedimos al médico su opinión sobre política económica o análisis histórico cualquier argumento que nos brinde debe ser tomado como la opinión de una persona más y queda supeditada a la de un economista político o un historiador. Esto no nos blinda completamente de la posibilidad de que el juicio del experto sea errado, pero nos da la comparativa seguridad de que la probabilidad de error es menor que la del juicio de un lego.

Es por esto que nuestras sociedades siempre han dependido de los expertos y su consejo. Sin importar las diatribas de pseudocientíficos y políticos populistas, ha sido precisamente la tensión entre la interdependencia epistémica con su necesidad de confianza y subjetividad y búsqueda de evidencias duras y demandas de objetividad la que ha permitido que la ciencia genere el conocimiento de la naturaleza que construye el mundo moderno. El público puede estar hastiado de los expertos según el político pro-Brexit Michael Gove, pero el público también busca en esos mismos expertos algo de seguridad en este mundo lleno de incertidumbre. Y esa guía sólo la brinda la colaboración en la producción de conocimiento, de cultura científica y en la transmisión de ese conocimiento y de su método de producción de manera libre y abierta al público.

Michael Gove.
Michael Gove, miembro del Partido Conservador Británico, quién afirmó durante la campaña a favor del Brexit que “Gran Bretaña ha tenido suficiente de los expertos”.

La complejidad moral, logística, económica y emocional que requiere mantenerse informado en la sociedad moderna sin lugar a dudas es sobrecogedora y puede ser atemorizante. Sin embargo, lo que aprendemos de la contingencia del conocimiento científico, de la necesidad de colaboración que toda ciencia requiere y de las responsabilidades que tiene cada ciudadano como heredero de los tesoros culturales legados por sus ancestros, nos muestran que nadie necesita ser un santo moral o intelectual, con conocimiento absoluto y perfecto. 

Está bien cometer errores, es humano cometer errores y los cometeremos y corregiremos en sociedad, confiando en que cada uno de nosotros asuma la responsabilidad que le corresponde como creador de cultura en general y cultura científica en particular. Lo inhumano es perder la curiosidad, el deseo de aprender y la conciencia de que esos impulsos humanos no ocurren en aislamiento, ocurren en el contexto de una sociedad y una cultura. Como siempre decimos en Persea la ciencia ES cultura y como tal la construimos, preservamos y mejoramos en sociedad ¿Cuál es el daño de la pseudociencia, la ignorancia científica y de la abdicación de nuestras responsabilidades ciudadanas por negligencia o ignorancia? Pues el daño es a la salud de las sociedades abiertas que permiten nuestra vida moderna y, en consecuencia, la preservación de nuestra especie y civilización. 

 

 

 

 

 

 

Para saber más:

 

Sobre la interdependencia epistémica:

  • Schmitt, F. (1988) On the road to social epistemic interdependence, Social Epistemology, 2:4, 297-307.

Sobre los problemas de afectar conocimiento en el mundo moderno y slacktivism:

  • Morozov, E. (2013) To Save Everything, Click Here: The Folly of Technological Solutionism, PublicAffairs.
  • Ronson, J. (2015) So You’ve Been Publicly Shamed, Macmillan Books.

 

AGRADECIMIENTOS

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