EL PREMIO NOBEL DE BARUJ BENACERRAF Y EL DESARROLLO DE LA CIENCIA MODERNA EN VENEZUELA

Juan Carlos Gabaldon

Ilustración de Ada Peña.

El primero de octubre, Tasuko Honjo y James P. Allison fueron anunciados como ganadores del Premio Nobel de Fisiología o Medicina por su trabajo sobre una nueva forma potencial de terapia contra el cáncer. Esta terapia se basa en el bloqueo de la respuesta inhibitoria que el sistema inmune desarrolla contra ciertos tumores. La noticia rápidamente hizo eco en Venezuela, pues uno de los principales investigadores en el equipo de Allison es el Dr. Luis Miguel Vence, un científico venezolano de 45 años.

Una pequeña alegría para un país que necesita buenas noticias desesperadamente. Pero, ¿Qué dice esto en verdad acerca de las instituciones científicas venezolanas?

Vence nació y se crió en Caracas y hasta admitió tener la clásica pintura del Ávila colgada en su sala, durante una entrevista reciente. Partió de Venezuela en 1990, inicialmente a Israel y luego hacia Francia y los Estados Unidos, amparado por una de las entonces prestigiosas becas Gran Mariscal de Ayacucho. Estudió en Boston y Dallas, antes de llegar al MD Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas, donde en 2006, comenzó a trabajar en el equipo de Allison.

La historia de Vence es similar a la de Baruj Benacerraf, el único venezolano que ha ganado un premio Nobel y probablemente, uno de los inmunólogos más importantes del siglo XX.

Benacerraf nació el 29 de Octubre de 1920 en Caracas. Su madre era argelina, su padre un judío sefardí natural del entonces Marruecos español, el cual era comerciante de telas y fue además uno de los fundadores del Banco Unión, hoy en día parte del grupo Banesco.

Cuando tenía 5 años, la familia decide mudarse de Caracas a París, pero regresa a Venezuela en 1939 luego del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Benacerraf rápidamente se va a Estados Unidos, donde decide perseguir su sueño de ser médico, algo que resultaría bastante difícil para un judío sefardí latinoamericano en los años 40. Tras ser rechazado en varias escuelas de medicina norteamericanas, Benacerraf es admitido en la Universidad de Virginia, de donde egresa como médico en 1945. Dos años después comienza su carrera como investigador, luego de servir con el Cuerpo Médico del Ejército de los Estados Unidos en Europa. Después de una breve estadía en la Francia de la posguerra, a donde su familia había regresado poco tiempo antes, Benacerraf regresa a Norteamérica en 1956, dedicándose de lleno a la investigación biomédica. Finalmente, en 1980, sería galardonado con el Premio Nobel por su trabajo sobre la regulación genética de la respuesta inmunológica, específicamente el rol que los genes que codifican las proteínas del Complejo Mayor de Histocompatibilidad (MHC, por sus siglas en inglés) juegan en el desarrollo de la respuesta inmunológica de distintos  individuos frente a los mismos antígenos. Este descubrimiento es considerado hoy en día, uno de los pilares de la inmunología moderna.

Benacerraf recibió el premio como ciudadano venezolano, a pesar de tener ciudadanía estadounidense desde el año 1943.

La mayoría (por no decir toda) la investigación de Benacerraf fue desarrollada y financiada en los Estados Unidos, así que su Nobel no puede considerarse un triunfo para la comunidad científica venezolana. Sin embargo, Benacerraf siempre se mostró contento con su herencia criolla, asegurando (en perfecto español) que se sentía “profundamente venezolano” y que consideraba su premio “un honor para Latinoamérica y Venezuela, durante una entrevista con el diario El Nacional en 1980.

Baruj Benacerraf recibe el Premio Nobel del Rey Carl XVI Gustaf de Suecia. Foto: National Academy of Science.

A pesar de haber tenido un impacto limitado en el desarrollo de la ciencia venezolana, luego de ganar el Nobel, Benacerraf ayudó a sentar las bases de los aún incipiente estudios en genética e inmunología en el país, visitando Maracaibo en 1993 como expositor durante el VI Congreso Latinoamericano y Primer Congreso Venezolano de Genética y siendo nombrado miembro honorario de la Academia Venezolana de Historia de la Medicina.

Su premio también colocó a Venezuela en el foco de la comunidad científica internacional, impulsando un proceso iniciado años atrás de las manos de Humberto Fernández Morán y Marcel Roche, quienes para ese momento habían convertido a Venezuela en uno de los países científicamente más prometedores de América Latina.

Fernández Morán, natural de Maracaibo, era un médico graduado con honores de la Universidad de Munich, con profundos conocimientos de neurología, biofísica y biología molecular. Luego de pasar diez años estudiando en Europa, regresa a Venezuela en 1954 y convence al entonces Presidente Marcos Pérez Jiménez de la necesidad de crear un instituto científico moderno en el país capaz de rivalizar con los ya existentes en Europa y Estados Unidos.

Con el apoyo de Pérez Jiménez y un presupuesto de 50 millones de dólares, Fernández Morán funda el Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC), una institución única en la región, que contó con el primer reactor nuclear de América Latina y la más moderna tecnología de microscopía electrónica para la época, y que estaba enteramente dedicado a la investigación neurocientífica altamente especializada.

Humberto Fernández Morán en el IVIC.

Los lazos cercanos de Fernández Morán con Pérez Jiménez terminarían sin embargo, resultando costosos. Tras los eventos del 23 de enero de 1958, solo nueve días después de ser nombrado Ministro de Educación, sería expulsado del país por la recién nombrada Junta Militar. Posteriormente, Fernández Morán continuaría su carrera como investigador en la Universidad de Harvard, siendo luego reclutado por la NASA para formar parte del comité científico detrás del Proyecto Apolo. Años después visitará Venezuela, esta vez como ponente en numerosos congresos científicos.

Con Fernández Morán fuera del país, el nuevo Ministerio de Salud decidió nombrar a Marcel Roche como nuevo director del IVNIC. Roche, un médico nuclear caraqueño graduado como endocrinólogo de la Universidad John Hopkins, había fundado en 1952 el Instituto de Investigaciones Médicas Fundación Luis Roche (IIMFLR), una organización privada que contaba con más de 35 investigadores a tiempo completo especializados en fisiología, química, y biomedicina. En 1959, Roche reorganiza el IVNIC, convirtiéndolo en un instituto multidisciplinario dedicado a la investigación en biología, química, física y matemáticas, cambiándole el nombre a Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC).

El IVIC rápidamente se convertiría en el más importante centro de su tipo en Venezuela, contando con un equipo de más de 50 investigadores, muchos de ellos extranjeros.

En los años siguientes, facultades de ciencias serían abiertas en las principales universidades del país: Primero en la Universidad Central de Venezuela en 1958 y luego en la Universidad de los Andes, en 1969. Un año más tarde, en 1970 sería creada la Universidad Simón Bolívar, con una fuerte orientación hacia el área técnica y científica. Durante este tiempo también aparecen diversos centros de investigación en prácticamente todas las universidades venezolanas, los cuales orientarán la mayor parte de producción científica hacia el desarrollo de la recientemente nacionalizada industria petrolera.

Rápidamente, la comunidad científica venezolana se organizó y ganó influencia dentro del gobierno, impulsando la creación de numerosos sistemas de financiamiento tales como la ya mencionada beca Gran Mariscal de Ayacucho, que daría a muchos la oportunidad de formarse en las mejores universidades del mundo. Los científicos venezolanos de pronto comenzaron a co-publicar artículos con renombrados investigadores alrededor del mundo. Probablemente el caso mejor conocido durante esta época fue el de Jacinto Convit, un hombre muy talentoso, cuyo impacto ha sido recientemente exagerado, pero que más allá de las polémicas, recibió el Premio Príncipe de Asturias en 1987 y fue nominado al Nobel un año después.

A pesar de estos esfuerzos, los problemas económicos que comenzaron a golpear a Venezuela durante la segunda mitad de los años 80, así como la incapacidad para desarrollar un mercado privado lo suficientemente fuerte para el desarrollo y comercialización de los productos científicos, limitaron la profundidad de las investigaciones realizadas en los 90. Después de un breve re-impulso empujado por los altos precios del petróleo durante los primeros años de la presidencia de Hugo Chávez, la producción científica se encuentra ahora en caída libre, con Venezuela ubicándose hoy, bastante por debajo de países como Colombia y Cuba en todos los índices de producción científica, y alarmantemente, produciendo menos material cada año.

A pesar de ser impactante, esta realidad no es nada sorprendente. En un país donde muchos no pueden tan siquiera tener tres comidas al días, es virtualmente imposible encontrar el dinero necesario para mantener en funcionamiento un laboratorio científico. Institutos vacíos y vandalizados son hoy por hoy la norma en la mayor parte de universidades venezolanas. Incluso el IVIC está hoy en día dirigido por autoridades partidistas que obligan a sus empleados a participar contra su voluntad en actos gubernamentales, y cientos de investigadores han abandonado el país. A pesar de esto, la mayor parte de la infraestructura construida durante los años 60 y 70 sigue ahí, terriblemente desactualizada, pero aún recuperable. Más importante aún, muchos científicos talentosos permanecen aquí, haciendo grandes esfuerzos para seguir produciendo información valiosa en medio del colapso generalizado. Desde el Instituto de Inmunología de la Universidad de los Andes, que produce y vende kits diagnósticos difíciles de encontrar en el mercado para financiar sus líneas de investigación únicas en VIH y malaria; hasta el Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela, que a pesar de haber sido robado 71 veces en los últimos cuatro años, logró sacar a flote un congreso científico en julio de este año.

Las instituciones venezolanas claramente no tuvieron nada que ver con el Premio Nobel del Dr. Benacerraf, o con la destacada carrera como investigador del Dr. Vence. Sin embargo, son estas instituciones las que hacen lo imposible por mantener la ciencia viva en un ambiente increíblemente adverso.

Con suerte, algún día el país será capaz de ofrecer a científicos de esta talla la oportunidad de expresar por completo su potencial. Hasta entonces, sus logros representan cuanto menos, un recordatorio de que los venezolanos podemos ser mucho más que los zombis descerebrados en los algunos aspiran convertirnos, y para mi eso ya es motivo de celebración.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Caracas Chronicles el 16 de octubre de 2018.

 

Juan Carlos Gabaldon es médico cirujano (Universidad de los Andes, 2018) con interés en medicina tropical, enfermedades infecciosas y salud pública. Autor en Caracas Chronicles. Editor en Avances en Biomedicina, revista científica del Instituto de Inmunología Clínica de la Universidad de los Andes.

 

 

 

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1 Comentario

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Hworldresponder
13/11/2018 en 5:25 pm

Hola, muchas gracias por la información! Hay alguna forma en que me puedan dar más información de esto? Para poder hacer una publicación en mi universidad? https://uautonoma.cl/ Muchas gracias de anticipación!

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