TECNOLOGÍAS, ARTEFACTOS Y FIGURAS DE LA IMAGINACIÓN

María Eugenia Esté

 

Sea mítica o científica, la visión del mundo que el hombre construye es siempre ampliamente un producto de su imaginación.

François Jacob, The possible and the actual

 Ilustración: Ada Peña Ilustración: Ada Peña

Nos cepillamos los dientes y una vez en la cocina tostamos unas ruedas de pan y preparamos un café en la máquina de expreso. Tomamos el móvil y leemos las noticias, resumidas y compiladas en nuestra red social favorita. Contestamos los correos del día y borramos la cantidad abrumadora de spam y promociones que se acumulan en nuestro buzón, por encima de nuestra capacidad de selección y lectura. Ya sea en el automóvil o en tren del subterráneo, acompañamos nuestro trayecto con la música que hemos almacenado en el dispositivo móvil. El aire acondicionado o la calefacción ajusta la temperatura ambiente y nos protege del intenso calor o del frío. Las pantallas de la estación muestran no sólo la información sobre la llegada y salida de trenes, sino también la actualidad noticiosa, consejos culinarios y las tendencias de la moda para esa temporada, todo debidamente acompañado de la publicidad y los logos correspondientes. Tenemos acceso al tren mediante un chip como el de la tarjeta de débito que hemos utilizado para retirar algún dinero en el cajero automático antes de pasar al tren.

¿Cómo es el mundo en el que vivimos?  ¿Cuántos artefactos y dispositivos tecnológicos logra usted identificar en esta historia de la rutina cotidiana? ¿Cómo será el futuro próximo? ¿Habrá de parecerse a alguna de esas ciudades que hemos visto en películas de ciencia ficción? ¿Se asemeja nuestra urbe, nuestro lugar de trabajo, a lo que ha sido ya descrito en la literatura por algún autor anticipado en siglos anteriores?

El artefacto tecnológico, la tecnología en general, es el resultado de las ideas científicas y la experiencia que se concretan en el diseño de una invención exitosa. Para el usuario común, el proceso de investigación y las ideas que anteceden y constituyen la forma y el funcionamiento de una máquina suelen ser opacas, incluso obscuras e incomprensibles. Nos basta saber que los aparatos funcionarán y harán lo que esperamos una vez que pulsamos el botón de encendido. Como bien afirmó el famoso escritor Arthur C. Clarke, toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Y en la medida que nuestro mundo cotidiano está cada vez más tecnológicamente texturizado, los artefactos forman parte de nuestra vida, familiarmente, sin que notemos su presencia hasta que se dañan o dejan de funcionar. La formulación de nuestro mundo no puede comprenderse más que teniendo en cuenta la importancia de la ciencia y la tecnología.

Ahora bien, nuestros sueños, fantasmas, mitos, metáforas y alegorías, nuestras utopías positivas o negativas, el cuadro de nuestros paraísos e infiernos y, en fin, las expresiones del sentir esperanzado, angustiado o temeroso del ser humano contemporáneo se forman al calor de la referencia tecnocientífica que se alimenta a su vez de las creaciones artísticas, literarias y, en general, de la cultura. Para decirlo con palabras de Bruno Latour, la técnica es la cultura que se hace duradera, el signo cultural, la imaginación que se vuelve cuerpo en el objeto técnico.

El reloj sirvió al siglo XVII como modelo del universo y fue el mismo Descartes quien utilizó las formas de la técnica de su tiempo – relojes de torre, molinos de agua, autómatas hidráulicos – para establecer las analogías que le permitieron definir al humano como un autómata viviente.

 Reloj astronómico de Praga. Siglo XV
Reloj astronómico de Praga. Siglo XV

La locomotora se convirtió en los Estados Unidos de mediados del siglo XIX en el signo asociado a la idea de progreso y de velocidad con las imágenes del caballo o el Titán de hierro. La Francia del pensamiento saintsimoniano articuló la relación entre las líneas de trenes y la democracia moderna. La electricidad fue referida por Lenin como el poder social del proletariado junto con la organización de los Soviets, y estaba vinculada a las utopías políticas y urbanas de finales del siglo XIX, así como a las esperanzas atribuidas a una nueva época industrial liberada del trabajo.

La electricidad alimentó la idea de una fuente de energía liberada del trabajo humano en una época en la cual las minas y excavaciones estaban alumbradas con lámparas de gas o aceite, de manera que las temperaturas llegaban a alcanzar los 130 grados Fahrenheit en áreas poco ventiladas. Sin embargo, a pesar del uso de la energía eléctrica, la iluminación era tan pobre que causaba innumerables accidentes y enfermedades de la visión, lo cual desvirtuaba la percepción encantada de la utopía tecnológica libre del trabajo asalariado.

  Vril, The power of the coming race de Edward George Bulwer-Lytton. Ilustración de Christine Odlund
Vril, The power of the coming race de Edward George Bulwer-Lytton. Ilustración de Christine Odlund.

 

Escritores como Gabriel Tarde, Jules Verne, William Delisle Hay y Edward George Bulwer-Lytton construyeron imágenes poderosas y paradisíacas de mundos subterráneos iluminados artificialmente que inspiraban a su vez propuestas urbanísticas de su tiempo. La caverna iluminada, sin conflictos sociales ni políticos recreada por la literatura de finales del XIX, cambió la valoración estética que la época de la primera revolución industrial tenía del mundo bajo tierra, descrito como un espacio diabólico e infernal.

Charles Baudelaire, quien merece siempre una referencia aparte, es una cita obligada para definir la figura del hombre moderno. En Le Spleen de Paris, el poeta representa la atmósfera fantasmagórica y contradictoria del París iluminado artificialmente, donde el espacio interior y exterior se confunden y el paseante se mueve solitario, aislado en sus pensamientos y sensaciones pero entre las multitudes. La electricidad y el asfalto permiten la aparición de esta figura que camina por la calzada en el espacio público nocturno, protegido y amenazado a la vez por los coches, entre la masa indiferenciada ajena a sus pensamientos y sentidos. El paseante es pues la encarnación de la individualidad del hombre moderno que comparte con las multitudes esa posibilidad de estar y no estar en el público.

A distancia de esta valoración positiva de la modernidad, el arte y el cine representan las condiciones de velocidad y control que subyugan al obrero prometiendo un futuro de liberación por la máquina. Tiempos Modernos, la última película muda de Chaplin resume el sofisticado código de reglamentaciones y dispositivos técnicos que regulaban la vida del trabajador tanto en el espacio laboral como fuera de él. La cinta puede leerse como una inteligente crítica social en torno a los emergentes procesos de organización de la empresa y el trabajo, una campanada del desencanto sobre el progreso industrial: línea de montaje, control riguroso del tiempo del trabajador y vigilancia permanente.

Los valores de la ideología empresarial de la segunda mitad del siglo XIX – eficiencia, manejo del tiempo, control de las operaciones repetidas, estandarización de los métodos, evaluaciones diferenciales, clasificación de productos e implementos, reportes internos – jugaron un papel decisivo en el desarrollo de las tecnologías de la información de la época – mecanografía, dispositivos de duplicación y copiado, archivos, memorias. Ellas sirvieron de contrapeso a las crisis de coordinación interna que enfrentaban las empresas y a los conflictos laborales opuestos por los reformadores sociales y el creciente movimiento obrero organizado.

Más recientemente, la literatura, las artes plásticas y el cine de comienzos del siglo XX recrean la figura mítica del Golem y narran la construcción de un ser artificial capaz de autogobierno que termina por convertirse en una amenaza poteMaría Eugenia Esténcial para sus creadores. No es meramente casual que el padre de la cibernética, Norbert Wiener, usara este poderoso mito medieval para demostrar que la máquina como la figura moderna del Golem del Rabí de Praga es una expresión contundente de las capacidades creativas del hombre, equiparables a aquellas Dios mismo muestra con la creación del ser humano. No es meramente casual tampoco que el objetivo fundamental de la cibernética sea el desarrollo de sistemas automatizados de control y procesamiento de la información, dos funciones comunes tanto a la inteligencia artificial como a la de cualquier organismo vivo.

María Eugenia EstéMaría Eugenia Esté

 

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