JURAMENTO HIPOCRÁTICO PARA LOS CIENTÍFICOS

Alexandra De Castro

Ilustración de Ada Peña.

 

 

“Nosotros, los científicos, hemos estado en el

umbral de la arrogancia. Hemos conocido el pecado.”

 

Robert Oppenheimer

 

Walter White es un profesor de química que se encuentra en severas dificultades y no le queda más remedio que usar sus profundos conocimientos para involucrarse en el tráfico ilegal de drogas. Ese es el argumento de la famosa (y excelente) serie Breaking Bad.  El narcotráfico ha generado la muerte de millones de personas, y estas muertes no son colaterales, el negocio de las drogas ilegales es criminal y quien está involucrado tiene plena conciencia de ello. Es difícil juzgar a las personas en situaciones aparentemente extremas, sin embargo, no es un mal ejercicio preguntarse ¿realmente no le quedaba más remedio?  

 

A menudo el científico es percibido socialmente como un agente noble, de estatura moral y esta creencia popular no es del todo desatinada, tiene su sustento. El filósofo de la ciencia Mario Bunge lo resume en su libro Ética y Ciencia.        

La actividad científica es una escuela moral, por exigir la adquisición o el afianzamiento de los siguientes hábitos:

La honestidad intelectual (culto a la verdad), la independencia de juicio (habito de convencerse por si mismo con pruebas), el coraje intelectual (decisión para defender la verdad), el amor por la libertad intelectual y el sentido de justicia (disposición a tomar en cuenta los derechos y opiniones del prójimo).

La ciencia es un medio de producción de conocimientos con una moralidad ética bien precisa: no puede haber ciencia deshonesta, ciencia en búsqueda deliberada de error o que eluda la crítica o que  suprima la verdad. La búsqueda de la verdad objetiva impone una recta conducta, al menos dentro del recinto de la investigación y en lo que se refiere al proceso de planteo y solución de los problemas. Ninguna otra actividad posee esta característica en forma tan marcada. Se puede fabricar un manual de historia repleto de mentiras, un cosmético fraudulento o un acontecimiento político tenebroso sin escrúpulo moral alguno. No así una teoría o un experimento auténtico.

 

Sin embargo, más adelante advierte:

 

Los resultados de la investigación científica pura son éticamente neutros, como lo demuestra el hecho de que pueden ser usados para bien o para mal. Pero ello no implica que el proceso mismo de la investigación sea éticamente neutro: no lo es, puesto que tanto la selección de los problemas, que inicia una investigación, como la evaluación de los resultados, que la corona, pueden estar sujetos a presiones extracientíficas, por ejemplo comerciales, políticas o ideológicas. […]

 

La afirmación de que los científicos  son moralmente inocentes o irresponsables desconoce la mecánica de la investigación pura, así como la utilidad que esta puede reportar a un mundo tecnificado. La afirmación resulta particularmente escandalosa en vista de que las agencias de la muerte emplean militares de investigadores, esperando de ellos no verdades puras o inocentes sino verdades útiles y maliciosas. Esos científicos trabajan a veces en proyectos cuya finalidad última es la destrucción de pueblos enteros.     

 

Lo que Bunge quiere decir es que hay una ética en el método científico (o métodos científicos), pero también la hay en cuanto a los problemas que se escogen para resolver y el uso de sus resultados. Y es que el científico no puede librarse totalmente de la responsabilidad que cae sobre sus hombros en todo el proceso de creación y aplicación de conocimientos.   

Una preocupación constante

Portada de la novela Frankenstein de Mary Shelley, edición de 1831 por Colburn and Bentley. Víctor Frankenstein se asquea de su propia creación y huye. Autor de la ilustración: Theodore Von Holst.

Mary Shelley escribió Franskenstein como una historia de horror,  sin embargo, en el presente, es considerada la primera novela inglesa de ciencia ficción.  El magnífico texto de Shelley puede tener varios análisis, entre ellos vale leerlo como un ensayo largo sobre la responsabilidad del científico como creador. Víctor Frankenstein ha usado la ciencia para dar vida y el resultado lo asusta tanto que huye, evade su responsabilidad, pero luego se da cuenta que le es imposible dar la espalda a su propia invención. Durante la trama, el protagonista toma una secuencia de malas decisiones, se siente abrumado al saber que su creación pasó el umbral de lo conocido y se le dificulta entender cómo manejarlo.        

¿Habría realmente visionado Mary Shelley que dos siglos más tarde científicos lograrían crear embriones humanos en sus etapa primordial a partir de células de la piel, sin óvulos, ni esperma, ni útero? Pues así como lo lees: la prestigiosa revista New Scientist acaba de publicar un artículo sobre los últimos descubrimientos en la materia. La inmensa responsabilidad que enfrenta la humanidad con este tipo de hallazgos es indiscutible.  

Ética y ciencia es un tema recurrente de la ciencia ficción, también lo vemos constantemente en los libros de Isaac Asimov. No obstante,  es interesante observar lo poco que la ética se discute a nivel de cátedra como parte de los programas de estudio en ciencias.

Durante la primera mitad del siglo XX, filósofos de la ciencia como Bertrand Russell estaban preocupados por la proliferación de armas nucleares. A pesar de los tratados, no hemos superado ese problema, ni tantos otros como ayudar a detener de forma efectiva el calentamiento global o la contaminación de los mares debido a las grandes cantidades de basura plástica. ¿Pueden los científicos librarse de esta responsabilidad argumentado que es de orden político y militar? No.     

El físico nuclear Joseph Rotblat, premio Nobel de la paz 1995,  activista del desarme y contra las pruebas nucleares, advertía sobre el peligro de pretender que la ciencia pueda ser neutral. Según su criterio, considerar la ciencia amoral es más bien inmoral, porque evade la responsabilidad personal respecto de las posibles consecuencias de nuestros actos. 

Aeronave de guerra autónoma (drone) Predator. Foto: Fuerza Aérea de los EE. UU./Lt Col Leslie Pratt.

Recientemente la revista del Instituto tecnológico de Massachusetts (MIT), Technology Reviews, reportó sobre las protestas que un grupo de científicos dedicados a la inteligencia artificial llevan a cabo ante las intenciones de grandes firmas y universidades de crear armas robóticas que funcionen con inteligencia artificial. Es decir: robots que tomen decisiones por sí mismos en acciones de guerra.  En mi opinión, y en esto voy a ser inflexible, esto representa una amenaza suprema para la humanidad.

El poder que se alcanza con la generación de conocimiento científico está fuera de discusión. Con gran poder viene gran responsabilidad. Una responsabilidad que los científicos no estamos asumiendo o la asumimos, en mi opinión, con un enfoque muy débil. 

La responsabilidad moral del científico

El 3 de septiembre de 1968 el filósofo de la ciencia Karl Popper dictó una conferencia sobre ética titulada La responsabilidad moral del científico, en el marco de un congreso internacional de filosofía en Viena, Austria. En su charla, Popper habla sobre la importancia de un juramento del tipo Hipocrático y de cómo debería ser aplicado a las carreras científicas. Es un manifiesto que todo científico debería leer.

Cito  y traduzco algunos de sus puntos más importantes:

Considero que nuestro tema: “la responsabilidad moral del científico”, es una especie de eufemismo en materia de la guerra nuclear y biológica; pero trataré de enfocar nuestro tema con algunos asuntos más amplios en mente.

Se puede decir que el problema últimamente se ha vuelto general, debido al hecho de que hoy en día toda la ciencia, y de hecho todo el aprendizaje, ha tendido a ser potencialmente aplicable. Antiguamente, el científico puro o el erudito puro tenía una sola responsabilidad más allá de las que todos tienen; es decir, para buscar la verdad. Tenía que fomentar el crecimiento de su tema lo mejor que pudiera. Por lo que sé, Maxwell tenía pocas razones para preocuparse por las posibles aplicaciones de sus ecuaciones; y tal vez incluso Hertz no se preocupó por sus ondas. Esta feliz situación pertenece al pasado. Hoy toda ciencia pura puede convertirse en ciencia aplicada, incluso la pura erudición.

En la ciencia aplicada, el problema de la responsabilidad moral es muy antiguo y, como muchos otros problemas, fue planteado por primera vez por los griegos.

Tengo en mente el Juramento Hipocrático, documento maravilloso a pesar de que algunas de sus ideas principales pueden necesitar un escrutinio renovado.

Uno de los puntos más interesantes sobre el Juramento Hipocrático es que no fue un juramento de graduación sino un juramento que el aprendiz debía tomar para la profesión médica. Esencialmente, se toma al comienzo de la iniciación del estudiante a la ciencia aplicada.

El Juramento consistió de tres partes. Primero, el aprendiz se compromete a reconocer su profunda obligación personal con su maestro. Por implicación, se considera que esta obligación es mutua. En segundo lugar, el aprendiz promete continuar con la tradición de su arte y preservar sus altos estándares, dominado por la idea de la santidad de la vida, y entregar estos estándares más tarde a sus alumnos. En tercer lugar, él promete que a cualquier casa que vaya, la ingresará solo para ayudar al sufrimiento, y que preservará el silencio acerca de lo que pueda llegar a conocer en el curso de su práctica.

Hipócrates. Miniatura de un manuscrito bizantino del siglo XIV. Biblioteca Nacional de Francia. Autor desconocido.

Como bien subraya Popper, el Juramento Hipocrático no fue un rezo de graduación, pertenecía más bien al proceso de aprendizaje de la medicina como práctica. 

En todos mis actos de graduación he tenido que hacer un juramento como una formalidad de la ceremonia. Justo antes de comenzar el acto de graduación, nos entregan un papel, un estudiante lo lee, todos juramos solemnemente y a la salida del teatro el papelito va a dar al cesto de la basura con todo su contenido y significado.  ¿En cuánto tiempo se olvida una formalidad de última hora? 

En lo que sigue, Popper se dedica a explicar cuál debería ser el enfoque de un juramento tipo Hipocrático para los científicos desde que comienzan sus estudios de pregrado.    

Si bien el contenido original del juramento Hipocrático no es el mismo que se usa hoy en las escuelas de medicina, pues la ética evoluciona con las sociedades, el procedimiento de su aplicabilidad se puede usar como una guía por su efectividad.  

Algunas consideraciones personales

No soy experta en ética, estoy lejos de eso y justamente por eso prefiero recomendar que las facultades de ciencias se asesoren con expertos, en vez de considerar esto como un asunto que puede ser entendido solo entre científicos.

Sin embargo, de perseguir un diseño curricular que incluya un juramento tipo Hipocrático, me atrevo a hacer una recomendación que considero relevante.

Pienso que el juramento debe tener carácter individual, no es eficiente que contenga cosas de orden abstracto, de responsabilidad o tendencia colectivista, por ejemplo con frases como «para la paz, el desarrollo y el progreso social». Sin bien son conceptos que hay que discutir y sirven como orientación, es importante que el estudiante no sienta que está en la obligación de arreglar el mundo el solo y se sienta impotente ante los grandes problemas humanos y de las naciones.

Es el caso por ejemplo del documento: Ciencia para la paz y el desarrollo: el caso del juramento Hipocrático para científicos, editado por Guillermo A. Lemarchand, y publicado por la Oficina Regional de la Ciencia para America Latina y el Caribe de la UNESCO. Si bien el documento me parece de imprescindible lectura y con buenas referencias, el planteamiento en el texto tiene un carácter demasiado amplio y abstracto.    

El científico no puede remediar los problemas creados por factores políticos, por la codicia generalizada y las malas prácticas económicas. De modo que entender las limitaciones individuales también puede ser importante.  Una masa de personas educadas con valores y moralmente responsables y conscientes sobre las consecuencias de sus actos puede llegar a ser un paso suficientemente importante.

Más aún, los científicos educados éticamente y persuadidos bajo la obligación moral que crea un juramento en el ámbito académico, los prepara para involucrarse directamente en el ambiente político y así promover la creación de leyes, tratados y en general acuerdos sociales que ayuden a garantizar la paz y el bienestar de los seres humanos.   

Los científicos, docentes universitarios y encargados del diseño curricular, deben trabajar por pasar la discusión ética del cafetín a las aulas e incluir un juramento del tipo Hipocrático para el aprendiz de científico. Quizás, así los Walter White mantengan en la conciencia que los conocimientos que se generan a través de la ciencia deben ser utilizados por el bien de la humanidad.   

Referencias

  1. Bunge, M. (1976). Ética y Ciencia. Editorial Siglo Veinte, Buenos Aires.
  2. Popper, K. (1968). The Moral Responsibility of the Scientist. International Congress of Philosophy, Viena, Austria. Special session: Science and Ethics.
  3. Lemarchand, G. (2010). Ciencia para la paz y el desarrollo: El caso del Juramento Hipocrático para Científicos. UNESCO 2010. Oficina Regional de Ciencia para América Latina y el Caribe, Montevideo, Uruguay. ISBN: 978-92-9089-142-0. 

Conviértete en patrocinador Revista Persea. Esto nos permitirá honrar a los autores como ellos lo merecen.

Comparte tus pensamientos