LA CARTA ADULTERADA DE GALILEO

Adel Khoudeir

Ilustración de Ada Peña.

 

Recientemente, la revista Nature comunicó el hallazgo realizado por Salvatore Ricciardo, un postdoc en historia de la ciencia de la Universidad de Bergamo, de la famosa misiva escrita por Galileo Galilei a su amigo Benedetto Castelli en 1613. La carta extraviada, que se consideraba completamente irrecuperable, apareció en un sitio inesperado, la biblioteca de la Royal Society en Londres donde ha estado desde hace 250 años y se caracterizaba porque existían muchas copias de dos versiones diferentes.

¿Por qué este descubrimiento es importante para los historiadores de la ciencia y la historia en general? Porque una de las versiones de la carta a Castelli fue entregada a la inquisición católica para solicitar un proceso por herejía contra Galileo. Esto conllevó a la prohibición del modelo heliocéntrico de Copérnico en febrero de 1616 y, diecisiete años después, al famoso juicio a Galileo, hecho histórico de vital importancia para entender la relevancia de la ciencia en el surgimiento de una visión moderna del mundo.

Las andanzas académicas de Galileo comenzaron en 1589 con una posición como matemático en la Universidad de Pisa. Escribió una obra titulada «Sobre Movimiento» (De Motu) donde da suficientes argumentos para afirmar que los cuerpos caen libremente de igual manera e independientemente de su peso, contradiciendo la autoridad de Aristóteles que dominaba y regentaba las universidades en los tiempos medievales. Fue el inicio de sus confrontaciones con sectores del poder vigente, en este caso contra los peripatéticos. Finalizado su periplo de tres años en Pisa, Galileo obtuvo un mejor puesto en la Universidad de Padua, sitio de mayor renombre en Europa, conocido por sus enseñanzas en medicina y matemáticas más que por temas relacionados con teorías aristotélicas. Allí continuó con sus estudios sobre mecánica y problemas vinculados al ámbito militar como la artillería y la construcción de aparatos con fines bélicos. Es en Padua, circa 1597, que Galileo empieza a interesarse por la astronomía.

La astronomía de esa época era una ciencia basada en observaciones y mediciones que se enseñaban en las universidades por matemáticos, pero de menor valía que enseñar la doctrina cosmológica de Aristóteles. Su principal función radicaba en la elaboración de calendarios para sus propósitos religiosos. Así que se podían proponer modelos en astronomía, siempre que no usurparan ni cuestionaran el poder del legado de Aristóteles. En este escenario de la Universidad de Padua, casi cien años antes del proceso contra Galileo, el canónigo Nicolás Copérnico formuló su modelo oponiéndose al de Ptolomeo en el ámbito observacional y sin caer en desgracia ni hacer tanta bulla con el supremo poder de la Iglesia Católica. Galileo sentía más simpatía por el sistema heliocéntrico de Copérnico que el sistema de Ptolomeo sustentado por los aristotélicos.

Al inicio del siglo XVII,  Galileo conoció al cardenal jesuita Roberto Belarmino, uno de los cardenales de la inquisición que sentenciaron a muerte en la hoguera a Giordano Bruno y quién será uno de los actores del proceso de 1616.  Su condición laboral en Padua apenas alcanzaba los gastos mínimos de supervivencia y lo obligó a buscar otros ingresos, por ejemplo, dando clases privadas. En este contexto, en el verano de 1605 Galileo fue contratado temporalmente como profesor de matemáticas del príncipe Cosimo de Medici en Florencia y quien, años después, al convertirse en Duque contrató a Galileo como matemático de la Corte.

A finales de 1604  el enfrentamiento de Galileo con los universitarios peripatéticos se agudiza. En octubre de ese año se observó una supernova, la explosión de una estrella en su última fase de vida. Galileo argumentó lo que ahora nadie cuestiona, esa gran explosión ocurrió en los cielos, lugar que de acuerdo con Aristóteles era inmutable.

Ya por 1608, Galileo había concluido y establecido las leyes del movimiento de los cuerpos, a través de mediciones cuidadosas. Sus experimentos con planos inclinados, proyectiles y péndulos para encontrar esas leyes, señalan y distinguen lo que hoy conocemos por ciencia, en contraposición de justificar causas que no son sometidas al juicio de la experiencia. Ese es el gran legado de Galileo, lo que conocemos como el método científico, la búsqueda de las leyes de la naturaleza mediante la experimentación y la formulación de teorías sustentadas en la reproducción y predicción de hechos a través del inimaginable encanto de las matemáticas.

En 1609, Galileo se enteró de que en Holanda habían construido y patentado unos aparatos que permitían ver objetos muy lejanos como si estuviesen cerca: los telescopios. Galileo logró obtener un telescopio y emprender, con sus habilidades artesanales adquiridas por la experimentación, la construcción de mejores lentes para la fabricación de telescopios más potentes. Galileo se percató de la importancia de estos aparatos al poder naval del gobierno de Venecia y así venderlos. Entonces, lo presentó al Senado de Venecia donde les mostró cómo su telescopio era capaz de visualizar barcos que el ojo humano tardaba horas después en ver. Galileo prosiguió mejorando sus técnicas instrumentales hasta lograr construir un telescopio capaz de visualizar la superficie de la luna como nadie jamás había logrado ver, descubrió cuatro satélites de Júpiter, es decir, cuatro objetos que no giraban alrededor de la Tierra, contrariando la concepción Ptoloméica.

En marzo de 1610, Galileo publicó estos resultados en un libro titulado «El Mensajero Celeste» con dedicatoria a quién desde 1609 ya era el Gran Duque Cosimo de Medici. En septiembre de 1610, Galileo se mudó a Florencia contratado por los Medici como matemático de la corte. Prosiguió sus investigaciones en astronomía, observó los anillos de Saturno y descubrió las fases de Venus. El libro, con la anuencia de los astrónomos jesuitas de Roma, es un éxito enorme y Galileo es en ese momento una figura altamente estimada, tanto que el Papa Pablo V le concede audiencia en Roma, su trabajo es reconocido por el famoso matemático y astrónomo Cristóbal Clavius y por el cardenal inquisidor Roberto Belarmine. Es ya amigo del poder y es admitido como miembro de la Academia del Lincei, la más antigua de las sociedades científicas, que sustentaron las investigaciones científicas en los siglos XVII y XVIII hasta que las universidades en el siglo XIX empezaron a ocupar ese espacio hasta el día de hoy.

A su regreso a Florencia, Galileo agudiza su disputa con los filósofos peripatéticos al publicar un tratado de hidrostática y cuerpos flotantes, reivindicando el genio de Arquímedes sobre las opiniones sin justificaciones experimentales de los filósofos aristotélicos. En 1612, entra en disputa, no con un peripatético sino con un jesuita, el cura Scheiner, por la prioridad del descubrimiento de las manchas solares. Galileo, reclamando la prioridad, en 1613 escribe y publica «Las Manchas Solares», donde además de ofrecer una mejor explicación observacional de las manchas solares, se declara, oficialmente y por escrito, partidario del sistema copernicano. Galileo era reconocido por su gran oratoria e indiscutido polemista, capaz de destrozar con argumentos demoledores e irrefutables a sus adversarios.

Un día de 1613, Benedetto Castelli, matemático, profesor de la Universidad de Pisa, muy buen amigo y discípulo de Galileo, es invitado a un ágape en la Corte del Príncipe Cosimo de Medici, que contó además con la presencia de su madre la Duquesa Cristina. En la sobremesa de este encuentro se sostuvo una discusión sobre la validez del sistema heliocéntrico y sus implicaciones en las Sagradas Escrituras. Recordemos que la Biblia no es un libro de astronomía y las pocas alusiones que se comentan al respecto más bien son susceptibles a interpretaciones, en forma de metáforas, por la teología católica. Una de esas, la de Joshua deteniendo el Sol fue la que se aferró la Duquesa Cristina para consultar a Castelli sobre la validez de la hipótesis copernicana. La discusión tuvo altos y bajos tonos por la presencia de personas que adversaban a Galileo. Castelli comunica por escrito a Galileo relatando los sucesos con la Duquesa Cristina y, a raíz de esto, Galileo responde escribiendo la famosa carta a Castelli para explicar y soportar sus razones en defensa del modelo copernicano y su compatibilidad con la Biblia.

Transcurrió más de un año sin que sucediera nada novedoso con la carta a Castelli hasta que, en diciembre de 1614, el padre dominico Lorini logró obtener del mismo Castelli una copia de la carta. Galileo al enterarse de la copia obtenida por Lorini, le pide a Castelli que le devuelva la carta. Galileo siempre temía que sus adversarios tuvieran la intención de acusarlo de hereje, acusándolo por mal interpretar las sagradas escrituras. En efecto, Lorini introdujo su copia a la inquisición el 7 de febrero de 1615. Por otra parte, el 16 de febrero de 1615, Galileo envió una copia de su carta a Castelli a su amigo el Cardenal Dini en Roma y si era posible mostrársela al cardenal Belarmino, notificándole que se sentía acosado por sus enemigos y que la carta fue escrita apresuradamente y se comprometía a ampliarla para justificar más sólidamente sus argumentos.

En efecto, la extensión de la carta a Castelli se convirtió en la carta a la Gran Duquesa Cristina. En esta carta, Galileo cita y se apoya en San Agustín para justificar sus puntos de vistas y, además, argumenta que a la Iglesia Católica le conviene aceptar el sistema heliocéntrico de Copérnico que, según Galileo, era compatible con la Biblia.

El asunto es que la carta a Castelli enviada por Galileo a Dini no es la misma que Lorini introduce a la inquisición. Conocer la verdadera carta a Castelli ha  sido un gran misterio desde entonces y el hallazgo encontrado por Salvatore Ricciardo, revela que la carta original fue corregida con tachaduras y añadiduras por Galileo para suavizarla y presentarla ante el Santo Oficio. La historia que sigue es conocida: el Papa Pablo V, fiel a su política de evitar reinterpretaciones a las sagradas escrituras, en un tiempo donde católicos y protestantes dirimían la potestad cristiana y para evitar fisuras internas entre jesuitas y dominicos, encomienda al Cardenal Belarmino que los teólogos del Santo Oficio se reúnan para decidir sobre las siguientes dos proposiciones:

1) El Sol es el centro del mundo y es completamente inamovible. 2) La  Tierra no es el centro del mundo ni es inamovible, sino que se mueve como un todo y con un movimiento diario. El Santo Oficio, el 23 de febrero de 1616, decidió que estas proposiciones eran “tontas, absurdas en filosofía y…heréticas”.  Esta decisión no fue hecha pública inmediatamente, probablemente por presiones internas. Fue sacada a la luz en 1633 cuando inició el juicio a Galileo. En cambio, el 5 de marzo de 1613, la congregación general del índice publica un decreto más moderado, donde prohíben el libro de Copérnico «De revolutionibus orbium coelestium», hasta que sean corregidas muchos párrafos de esta obra. Este decreto, que marcó la ruptura entre ciencia y religión, en ninguna parte acusa de  hereje a nadie y menos a Galileo.

Han transcurrido más de 400 años de esta carta adulterada y con dos versiones. El haber encontrado la carta original, sin duda permitirá una mejor comprensión histórica de los hechos que condujeron al proceso de 1616 y al juicio contra Galileo en 1633. Sin embargo, lo más importante a recordar es que esta carta señala el inicio de uno de los rasgos más trascendentales de la época moderna, a saber, la libertad de investigar de manera independiente, sin sometimientos a posiciones ortodoxas y autoritarias, y que las verdades deben ser establecidas mediante hechos sólidamente demostrados y no simplemente afirmadas. Y que esta libertad, inexorablemente conduce a otra: a la libertad de expresión.

Referencias bibliográficas

  1. Abbott, A. (2018). Discovery of Galileo’s long-lost letter shows he edited his heretical ideas to fool the Inquisition. Nature, 561, 441.
  2. Drake, S. (1988). Discoveries and Opinions of Galileo. Anchor Books, New york. ISBN 0385092393.
  3. De Santillana, G.(1976). The Crime of Galileo. The University of Chicago Press. ISBN 022673481. 
  4. Koestler, A. (1981). Los Sonámbulos. Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. Traducción del Original: «The Sleepwalkers, 1959».  ISBN 9688230758.

 

 

Adel Khoudeir es Profesor Titular de la Facultad de Ciencias y del Postgrado de Física Fundamental de la Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela; Lic. en Física ( Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela); Doctor en Física (Universidad Simón Bolívar, Caracas, Venezuela). 

 

 

 

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2 Comentarios

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oscar De Castroresponder
05/12/2018 en 5:24 am

muy buena exposicion y valor historico de verdadera importancia…

Gustavo Benaimresponder
26/11/2018 en 10:51 pm

Excelente. Muy emocionante conocer de primera mano este interesante heccho historico. Felicitaciones

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