SECUESTRO

Microcuento de Ciencia Ficción

Alexandra De Castro

Ilustración de Ada Peña.

El tedio del interrogatorio arruina la comodidad de la sala de reuniones. Eloísa, después de dos días obligada a recordar angustias, camina en círculos. Observa con atención los cuadros en las paredes. La idea de que la decoración revela la idiosincrasia de los juristas la tranquiliza.  

El robot abogado la toca con timidez en el hombro.

―¿Quieres seguir o continuamos mañana?   

Eloísa da la vuelta y fija la mirada en el reflejo de su cara en la pequeña ventana circular. 

―Yo tengo la piel gruesa, ¿sabe? Ver todos esos contenedores con organismos vivos no me resultó tan traumático. En cambio, Emilia no pudo, lloraba todos los días… Ella es teórica, no se ensucia las manos. A mí me preocupaba que habíamos perdido parte de nuestra investigación. Los contrabandistas de genes nos despojaron de todo y quién sabe qué hicieron con la nave de Astrorgánica. La suerte no nos acompañó, si hubiésemos llegado antes a la zona interestelar, no nos hubiesen visto. 

―Entiendo que recuperaste algo.

―Sí, claro, lo que había depositado en el órbiter de Zenitar aquí en Titán. Estuve a punto de no aceptar aquel alojamiento…  No tenía muchas opciones, la estación biológica de nuestra compañía estaba en reparación. Esa decisión me ha salvado la vida. 

―En la estación de Marte también tienen respaldo, ¿no es así? ¿Qué les quedó? 

―Varias cepas terrestres que tienen ancestros en Titán, nuestros cálculos, simulaciones no publicadas… Todavía no tenemos acceso a nuestro material… por la policía, eso entiendo…Hay respaldos en la Luna, Marte y Titán. Es importante porque encajan perfectamente en la teoría de los linajes divergentes, el centro de mi tesis. 

Eloísa calla unos minutos. Le extraña que el robot abogado le haga tantas preguntas sobre la localización del material de su proyecto. Él continúa.

―Científicamente ya está aceptada, ¿no? 

―Es muy exitosa. Los científicos seguimos analizando muestras, cada organismo es único, tiene una historia, un linaje, allí está la magia…  Todavía hay que lidiar con la creencia popular de que todas las especies tienen un ancestro común en la Tierra. No es fácil aceptar que hay especies de procedencia extraterrestre, hay mucho lobby ideológico, intereses…  

―En la nave de Astrorgánica, ¿hacia dónde se dirigían? 

―¿No lo tiene en su informe?

―Es importante tener todas las respuestas de los testigos… ¿Café? ¿Té de menta?

―¿Tiene menta real? Íbamos a Próxima b.

―Y los contrabandistas también, ¿no es así?… Sí, tenemos menta fresca. 

―¿Cuál es su punto? 

Eloísa vuelve a caminar nerviosa por la sala. En su periplo, vuelve a mirar los cuadros, se asoma por la ventana, alza la mirada al cielo naranja opaco. Quiere liberar la tensión, no le gusta estar incomunicada de Emilia y del resto del equipo. Se sienta junto al abogado y lo mira a los ojos. 

―Sí, por favor, acepto el té. 

El abogado alarga el brazo unos cuatro metros hasta el salón contiguo y lo contrae con una taza humeante. Eloísa la toma con ambas manos, la mira desde arriba, siente las hojas de menta con los dedos, cierra los ojos, olfatea. Vuelve a mirar al robot abogado. 

―No los van a atrapar, ¿verdad?

―¿A los piratas? Tal vez. ¿Qué querían de ustedes? 

―Obreros. No tenían suficientes científicos. ―Hace una pausa y sonríe―. Matías nos tenía consentidas, incluso a nuestro robot asesor. El laboratorio era impresionante. No vi otro igual en toda mi carrera. ―Eleva el tono de voz―. Desarrollan piel resistente a distintos ambientes para especies de evolución asistida, es tecnología de última generación. Sus clientes son obreros, especies vulnerables…

El abogado la interrumpe. 

―¿Matías? 

―El oficial científico. Es un neosapiens… ya sabe, la falta de empatía hasta entre ellos mismos… este es diferente. Nos protegió hasta el último minuto. No permitió que nos expusieran a la radiación. 

―Síndrome de Estocolmo. Y claro, si las quieren para trabajar…

―¿Síndrome de qué? 

―Era una ciudad en la Tierra.

Eloísa frunce el ceño, «Usó la palabra síndrome, ¿este robot me cree idiota?». No insiste. Proyecta una sonrisa artificial.

―El Calypso es una nave magnífica, con mucho espacio y comodidades. 

―Te refieres a la nave pirata. 

―Sí. 

Eloísa observa que está hablando más de lo debido, esquiva la mirada del abogado. Recuerda las advertencias de Emilia, evalúa la posibilidad de que Astrorgánica sospeche de ellas. El abogado la examina mientras toma el té, espera unos minutos y le muestra unos videos. 

―¿Reconoces a estas personas?

Eloísa simula una expresión de extrañeza.

―No.  

―Se quedaron con todo lo que había en la nave de Astrorgánica, no solamente tu investigación. Es delicado… Había material que la empresa considera secreto industrial. Es mejor que me digas todo.  

―Eso es problema de la compañía, no mío.

―Tú estás involucrada.

―No entiendo. Yo soy la víctima. ¿Sabe a dónde llevaron a Emilia?

―No tengo esa información. ¿Recuerdas cómo te rescataron?

―No. Cómo me voy a acordar con tantas drogas… Estoy cansada.

―Ustedes se robaron una señal para pedir auxilio.

―Dije que estoy cansada. 

―Esta bien, no te agites, llamo al taxi.

Después de varios minutos de vuelo, Eloísa se da cuenta de que todavía tiene la taza en la mano. Aburrida, inspecciona los reflejos amorfos en el material rugoso y brillante. La voltea para botar los restos de hierba. Hay una inscripción que se le hace curiosa. Enfoca los lentes. Su cara se transforma, abre los ojos de par en par. La taza hace un ruido estridente en el suelo. De pronto, los olores y la sillas del taxi se le hacen familiares. Mira un rótulo tenue en la ventanilla, otro en el suelo, con el mismo estilo de letra dicen: Calypso. 

 

De la serie: Panspermia.      

 

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