LA CIENCIA ES CULTURA

Alexandra De Castro

Ilustración de Ada Peña.

«La ciencia es el cosmos aprendiendo sobre sí mismo»

Carl Sagan

 

La ciencia y la tecnología son parte fundamental de nuestro acervo cultural, el pensamiento y conocimiento que generan es patrimonio humano. Existe la creencia de que estar informado sobre de ciencia no te hace más ilustrado. El erudito contemporáneo, por lo general, conoce de historia, de arte, de cine, de música, pero no sabe nada sobre ciencia y tecnología; y parece orgulloso de esa carencia.

El hombre «culto» se siente elevado al escuchar, y entender, a Wagner, pero de ninguna manera le emociona comprender cómo la vibración de la cuerda del violín produce ondas de presión en el aire que se propagan hasta llegar al oído, o cuál fue la química que produjo los colores de la Noche Estrellada de van Gogh y por qué algunos colores se están desvaneciendo.

Observatorio Pierre Auger ubicado en la Pampa Amarilla, Mendoza, Argentina.

Causa vergüenza no advertir qué pintaba Monet, pero a pocos sonroja no saber nada sobre el Bosón de Higgs o de donde provienen los rayos cósmicos Ese hábito humanista ha sido dañino, pues se ha instalado y ha generado el rechazo al conocimiento científico como parte esencial del estar bien informados.

Más aún, representantes corrientes filosóficas como el posmodernismo han apoyado estas ideas; así lo explica el antropólogo Hugo Valenzuela García en su artículo académico: Neorromanticismo posmoderni o “Adiós a la Razón”. Los frutos amargos del relativismo a ultranza  o el filósofo de la ciencia Mario Bunge en su ensayo: La renuncia a la ilustración. En estos artículos ambos autores señalan cómo el anticientificismo se ha asentado en las humanidades, creando posiciones dañinas desde un ángulo esencial para la supervivencia de la ciencia en sí misma: la filosofía. 

Por otro lado, no es menos cierto que la academia ha jugado un papel fundamental en la brecha entre ciencia y sociedad. Hoy en día, la ciencia, de tradición académica, está totalmente distanciada de la sociedad. Encerrado en su palacio de sabiduría, el científico contemporáneo hace muy poco por establecer una interacción con la comunidad que lo soporta.

Históricamente ha habido algunos esfuerzos por hacer comunicación que sirva de enlace entre la ciencia y la sociedad. Entre los trabajos considerados como de popularización de la ciencia desde de la Grecia antigua y la época romana, se cuentan los de antropología de Heródoto, los de teoría atómica de Lucrecio, y los de naturalismo de Plínio.

Durante y después del Renacimiento, han sido las academias de ciencias las promotoras de la divulgación, como la Accademia Nazzionale dei Lincei en Italia, de la que fue miembro Galileo Galilei; la Royal Society de Londres, que contó con Newton como uno de sus primeros presidentes y donde grandes figuras desde Faraday hasta Hawking han dictado charlas públicas sobre sus avances; la Academia de las Ciencias de Francia, cuyos primeros miembros fueron René Descartes, Blais Pascal y Pierre de Fermat; la Academia de Ciencias y Humanidades de Berlín, fundada por G. W. Leibniz.  

Charla pública con demostraciones científicas de Michael Faraday. Teatro del Instituto de la Sociedad Real Británica. Año 1856. Litografía coloreada de Alexander Blaikley.

Muchas de estas academias siguen haciendo divulgación de la ciencia, e incluso muchas universidades e institutos de investigación cuentan hoy en día con su propia oficina de comunicación de la ciencia. Asimismo, en la época renacentista, comenzaron a aparecer los primeros museos de ciencia.

No obstante, todos estos esfuerzos siempre han resultado bastante insuficientes. Una razón es que, por lo general, las iniciativas de divulgación de la ciencia y la tecnología no son remuneradas o reconocidas de ninguna manera. Prácticamente ninguna institución reconoce el trabajo de divulgación de la ciencia hecha por los científicos. Es más, a muchos, y sobre todo en el inicio de sus carreras, los hace menos competitivos, y por eso hay muy poca motivación.

Ahora bien, más allá de la importancia del conocimiento científico como parte de nuestra base cultural, hay un problema más profundo, resultado de la brecha ciencia-sociedad. Científicos y filósofos, como Carl Sagan y Bertrand Russell, lo han advertido en repetidas ocasiones: la ciencia y la tecnología son cimientos de la civilización actual, no podemos ignorarlos. La ciencia engendra conocimiento y el conocimiento engendra poder. Es un poder que necesita ser usado de manera inteligente y moral, es importante que todos los actores de la sociedad estén conscientes de ese poder y de sus posibles usos.

El sociólogo Daniel Bell, en su ensayo El advenimiento de la sociedad postindustrial define a la sociedad actual como «sociedad del conocimiento», haciendo referencia al conocimiento científico y tecnológico, en sí mismos, como base de la economía. Vivimos en la sociedad del conocimiento científico. 

Martin Bauer, profesor de sociología y psicología en el  London School of Economics, dice en su artículo The Evolution of Public Understanding of Science—Discourse and Comparative Evidence: llama la atención enérgicamente sobre la urgencia del alfabetismo científico.

«La idea del alfabetismo científico es considerar a la ciencia parte de las metas educativas al mismo pie de la lectura, escritura y matemáticas. Más aún, en una democracia, las personas toman decisiones políticas. Sin embargo, la voz del público puede ser sólo efectiva si los ciudadanos poseen el conocimiento relevante. Por lo tanto, la ignorancia científica , como la ignorancia política, sólo engendra alienación, demagogia y extremismo».

Las universidades e institutos de investigación son centros generadores de conocimiento científico y es imprescindible que entiendan su papel protagónico en la alfabetización y popularización de ese conocimiento. Los profesores e investigadores deben ser remunerados e incentivados en labores de divulgación. Que las actividades de contacto con el público no representen pérdida de tiempo o desventaja en su carrera. Otra solución es contratar personal calificado para cumplir específicamente con esa misión.

El desarrollo de los pueblos de América Latina depende de la apropiación de la ciencia y la tecnología y de hacer ese conocimiento tecnocientífico parte esencial de su cultura general. No podemos hablar de cultura universal si no incluimos a la ciencia. Adoptemos a la ciencia y a la tecnología como parte de la sabiduría universal, que nos de vergüenza no conocerlas, que cuando veamos una noche estrellada recordemos a van Gogh y que el universo se expande, y que ambos pensamientos entren en la misma paleta de saberes.

Referencias a las citas:

  1. Valenzuela García, Hugo. (2002).Neorromanticismo posmoderni o “Adiós a la Razón”. Los frutos amargos del relativismo a ultranza . Gazeta de Antropología, 18, artículo 03. ISSN 0214-7564.
  2. Bunge, Mario. La renuncia a la ilustración. La Nación, 25 de septiembre de 2000.
  3. Bell, Daniel. (1976). The Coming of the Post-Industrial Society, The Educational Forum, 40:4,574-579.
  4. Bauer, Martin W. (2009). The evolution of public understanding of science – discourse and comparative evidence. Science, technology and society, 14 (2). pp. 221-240. ISSN 0971-7218.

 

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18/07/2018 en 4:46 pm

[…] Publicado en REVISTA PERSEA Alexandra De Castro «La ciencia es el cosmos aprendiendo sobre sí mismo» Carl Sagan   La ciencia y la tecnología son parte fundamental de nuestro acervo cultural, el pensamiento y conocimiento que generan es patrimonio humano. Existe la creencia de que estar informado sobre de ciencia no te hace más ilustrado.  Continue leyendo en: https://revistapersea.com/editorial/la-ciencia-es-cultura/ […]

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